En la denominada "sociedad del espectáculo", según el teórico Guy Debord, el entretenimiento ha adquirido un protagonismo sin precedentes. Este fenómeno se manifiesta en un entorno donde los "simulacros", como describe el filósofo Jean Baudrillard, se convierten en la norma, distorsionando la realidad a favor de lo superficial. Mario Vargas Llosa también ha destacado cómo el banal entretenimiento ha llegado a ser el valor supremo en nuestro mundo actual, donde la interacción digital predomina. Esta hiperconexión, que caracteriza la vida contemporánea, permite que el espectáculo se imponga sobre otros valores, desdibujando las líneas entre lo real y lo ficticio. La justicia, en este contexto, parece adaptarse a las reglas de este nuevo orden, donde lo que importa no es solo la verdad, sino cómo se presenta y se consume. Así, la justicia del espectáculo se convierte en un fenómeno que desafía nuestras percepciones y expectativas.
